24 jul. 2009

MARK RYDEN, EL PINTOR DE NIÑOS





Esos locos bajitos

A comienzos de los ’70, un movimiento artístico se opuso a la alta cultura y el arte de las galerías alzando las banderas de una cultura juvenil y callejera: tatuajes, dibujos animados, punk, psicodelia y cultos religiosos. Veinticinco años después, un joven llamado Mark Ryden finalmente consiguió para aquel grupo low-brow el reconocimiento que merecía: hoy, Tim Burton y Stephen King son sus principales coleccionistas, las galerías aceptan su trabajo felices y comparan sus cuadros con los de un Brueghel o un Bosco contemporáneo.






Por algo Tim Burton es el coleccionista más importante de Ryden, seguido de Stephen King; Burton también colecciona la obra de Margaret Keane, artista kitsch de los años ’60 que se especializa en niños –sobre todo niñas– de ojos grandes, como en el animé y el manga japonés. Pero si Keane apenas sugería lo siniestro, Ryden lo expone: sus niños-esposos lloran sangre, sus reinas contienen mundos superpoblados de seres deformados, hay conejos simpáticos que son carniceros y hacen brutalmente su trabajo frente a nenas sonrientes. “Hay una delgada línea entre ser mórbido y ser observador”, escribe el crítico de Seattle Andrew Engelson. Ryden, como William Burroughs, desnuda el almuerzo en nuestros tenedores, para recordarnos constantemente sobre la violencia que duerme bajo la superficie de nuestras plácidas y pequeñas vidas. Además de ser un meticuloso pintor anticuado, muy de vieja escuela, Ryden es un creador de iconos posmodernos. Sus cuadros están cargados de una extraña e inescrutable cantidad de símbolos personales que abren la puerta a una vida secreta. Una y otra vez aparece Abraham Lincoln, abejas, animales de peluche, estatuas de Jesucristo, citas a la numerología, a las tradiciones religiosas mundiales, los fluidos corporales, y cantidad de niños de ojos grandes. Como sabe cualquiera que haya pasado más de diez minutos con ellos, los niños no son ángeles inocentes, sino voraces observadores de lo que los adultos tratan de esconder. Ryden posee una fascinación infantil con lo asqueroso, como los niños. Sus cuadros insisten en que somos carne, pero carne que además puede leer filosofía.